30 Agosto

EL COBRADOR DE IMPUESTOS

(Dn. 11:20)

Cuando Seléuco Filopator comenzó a reinar en Siria en el año 187 a.C. en lugar de su padre Antíoco III, el contraste entre su reino y el pueblo de Dios era notable. Seléuco heredó un reino todavía muy extenso, que abarcaba Siria, Cilicia, Judea, Mesopotamia y parte de Persia, mientras que el territorio del pueblo de Dios estaba limitado a una pequeña porción de la tierra de Canaán. Sin embargo, Seléuco estaba en la banca rota mientras que el pueblo de Dios, o por lo menos el templo de Jehová, disfrutaba de cierta prosperidad.

El libro de 2 Macabeos expresa la prosperidad del pueblo de Dios en la siguiente manera:

“En tiempos del sumo sacerdote Onías, la ciudad santa de Jerusalén vivía en completa paz, y las leyes eran cumplidas del modo más exacto, porque él era un hombre piadoso, que odiaba la maldad. Los mismos reyes rendían honores al santuario y aumentaban la gloria del templo con magníficos regalos.”

El problema para Seléuco fue que heredó un reino cargado con el gravamen de un tributo de 1000 talentos que tenía que pagar cada año a los romanos. Como no tenía el dinero para efectuar dicho pago se vio en la necesidad de elevar los impuestos en todo el territorio. Por eso fue un hombre bastante odiado por la población y en particular por los judíos a quienes extraía dinero sin piedad.

El hombre responsable por cobrar los impuestos fue Heliodoro, a quien Daniel llama acertadamente “un cobrador de tributos”. La palabra para “tributos” significa “opresor” y se usa para describir los capataces que hacían sufrir a los hijos de Israel en Egipto (Éx. 3:7, “exactores”). En 2 Reyes 23:35, la palabra se usa para describir la acción de Joacim de cobrar impuestos a favor del Faraón, “sacando la plata y el oro del pueblo de la tierra”. Eso fue exactamente lo que hizo Seléuco Filopator, por medio de Heliodoro; oprimió a todo su pueblo, incluyendo a los judíos, sacando de ellos el dinero que necesitaba para pagar a los romanos.

REFLEXIÓN

La Biblia nos manda pagar los tributos que el estado exige (Ro. 13:7) y lo debemos hacer por obediencia a Dios, aun cuando sentimos que es un abuso. Cuando nos está costando pagar los impuestos recordemos este caso y demos gracias a Dios que por lo menos nosotros recibimos algunos beneficios de los impuestos que pagamos, en la forma de escuelas, carreteras y hospitales, a pesar de tanta corrupción.

No está claro si la frase “la gloria del reino” se aplica al reino de Seléuco Filopator o al reino de los judíos. En el Salmo 145:12, estas palabras se aplican al reino de Dios, y en 2 Crónicas 29:25 al reino de Salomón. Sin embargo, en el contexto de este versículo, parece que se aplica al reino de Seléuco y se refiere a las mejores partes de sus dominios; es decir, a las regiones más acaudaladas.

Las cosas llegaron a un punto crítico cuando Heliodoro intentó saquear el templo en Jerusalén luego que fuera informado de las riquezas que había allí. La persona que le informó al respecto fue un hombre llamado Simón quien quería vengarse de Onías, el sumo sacerdote. 2 Macabeos 3 narra este incidente detalladamente y describe como Dios intervino para salvar el tesoro del templo de las manos de Heliodoro y sus secuaces:

“Pero cuando él y sus acompañantes se encontraban ya junto al tesoro, el Señor de los espíritus y de todo poder se manifestó con gran majestad, de modo que a todos los que se habían atrevido a entrar los aterró el poder de Dios, y quedaron sin fuerzas ni valor”.

Por ser un libro apócrifo, no podemos estar del todo seguros cuán confiable es esta descripción, pero no es nada improbable que Dios haya intervenido así para proteger a Su pueblo de un acto de injusticia.

Daniel predijo que Seléuco sería “quebrantado”. La palabra se usa en un sentido metafórico para describir la muerte de Seléuco Filopator. El que quebrantó a muchos económicamente por los impuestos que cobraba, fue quebrantado físicamente. Seléuco no murió “en ira ni en batalla” (v.20b), sino que fue envenenado por Helidoro luego de solo doce años sobre el trono. Sus días fueron “pocos”, como afirma Daniel, y sin mayor consecuencia. Este rey de Siria vivió y murió sin Dios, y no dejó huellas en este mundo.

REFLEXIÓN

La vida de Seléuco confirma que cosecharemos lo que sembramos. Si sembramos opresión y abuso, eso es lo que cosecharemos en la vida. Dios nos ayude a sembrar misericordia y benevolencia, para que cosechemos las mismas cosas a su debido tiempo. Aprendamos a ser sabios en el uso de nuestros bienes materiales, tal como el Señor Jesús lo ilustra en la parábola del mayordomo (Lc. 16:9).

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