29 Agosto

EL FIN DE LA JACTANCIA

(Dn. 11:18-19)

Antíoco III era un hombre sumamente ambicioso y su deseo era extender sus territorios tal como lo hizo Alejandro Magno. Cuando se dio cuenta que no podía controlar Egipto (v.17), optó por avanzar por Asia Menor y tratar de conquistar Grecia. Es interesante notar la repetición de la frase, “volverá su rostro” en los vv.18 y 19, tomando en cuenta una frase similar en el v.17 (“Afirmará luego su rostro”). Estas palabras indican una persona decidida a hacer lo que quiere y tomar lo que ve. Cuando la mente de tal persona se fija en algo y pone su mirada en ello, va tras lo que su corazón desea y sus ojos ven.

REFLEXIÓN

No hay nada malo en ser una persona decidida, con tal que lo que decidimos hacer es lo que Dios desea para nosotros. En Lucas 9:51 leemos que Cristo “afirmó Su rostro para ir a Jerusalén”, pero lo hizo porque estaba decidido entregar Su vida por nosotros en esa ciudad conforme al plan eterno de Dios.

¿Qué de nosotros? ¿En qué cosas fijamos nuestros rostros? ¿Está nuestro corazón bajo el control de Dios y Su voluntad o nos fijamos en las cosas del mundo y de la carne? No seamos como Antíoco sino sigamos el ejemplo de Cristo.

Como lo predice el v.18, Antíoco logró tomar muchas de “las costas” de Asia Menor; lo hizo con la ayuda de una flota de cien barcos grandes de guerra y doscientos botes más pequeños. Con ellos logró dominar las costas del Mar Mediterráneo y varias islas en el Mar Egeo como Rodas, Samos, Euboa, Colofon y otras.

En 192 a.C., invadió Grecia con 10 000 soldados. Sin embargo no logró derrotar la nación. Lo que lo frenó según Daniel fue “un príncipe” quien hizo “cesar su afrenta” e hizo “volver sobre él su oprobio” (v.18b). Ese “príncipe” fue el cónsul romano Acilius Glabrio, quien derrotó las tropas de Antíoco en Termópilas en el año 191 a.C. El siguiente año, Antíoco sufrió una mayor derrota cuando su ejército de 80 000 soldados fue aniquilado por el general Lucio Cornelio Escipión cerca de Esmirna. Luego de estas dos derrotas a manos de los romanos, Antíoco tuvo que ceder el control de ciertas partes de Asia Menor y pagar la suma de 15 000 talentos a los romanos, que según Evis Carballosa equivalía a unos 20 millones de dólares . Ninguna nación había exigido semejante suma. Como predijo Daniel, “hará volver sobre él su oprobio” (v.18b). Unos años antes, Antíoco ofendió a los romanos, insultándolos y tratándolos con jactancia; ahora cosechó lo que sembró en su orgullo, y fue completamente humillado y quebrantado por los romanos.

Luego de este fracaso, “volverá su rostro a las fortalezas de su tierra” (v.19a). Antíoco volvió a Siria derrotado y se refugió en la fortaleza que llevaba su nombre: Antíoco. Sin embargo, Daniel añade que “tropezará y caerá, y no será hallado” (v.19b). Antíoco murió en el año 187 a.C., asesinado por los ciudadanos de Ecbatana en Persia cuando intentaba robar las riquezas del templo de Bel, supuestamente para levantar fondos para pagar el tributo que debía a Roma. Fue un fin bastante indigno para una persona que se jactó ser “Antíoco III el Grande” y quien hizo temblar a dos continentes.

En el libro de Job, Zofar describe el fin de los malos en términos que nos hacen pensar en Antíoco III.

“¿No sabes esto…
Que la alegría de los malos es breve,
Y el gozo del impío por un momento?
Aunque subiere su altivez hasta el cielo,
Y su cabeza tocare en las nubes,
Como su estiércol, perecerá para siempre;
Los que le hubieren visto dirán: ¿Qué hay de él?
Como sueño volará, y no será hallado,
Y se disipará como visión nocturna.
El ojo que le veía, nunca más le verá,
Ni su lugar le conocerá más”.

Job 20:4-9

REFLEXIÓN

¿Qué clase de fin queremos tener? ¿Cómo quisiéramos que se acabe nuestra vida? Leamos el Salmo 37:35-38 y reflexionemos sobre el fin del impío y el fin del íntegro de corazón. Vivamos en tal manera que tengamos “un final dichoso” (Sal. 37:37).

Antes de continuar con la historia de los Seléucidas, debemos notar algo importante que Antíoco III hizo que tuvo repercusiones importantes para el reino de Dios dos siglos después. Durante su vida, Antíoco trasladó 2000 familias judías de Babilonia a la región de Asia Menor, específicamente a las zonas de Lidia y de Frigia. Eso permitió la formación de colonias judías en Asia Menor a quienes Pablo luego pudo evangelizar durante sus viajes misioneros (ver Hch. 18:23). Una vez más, vemos que Dios estaba preparando el escenario mundial para la evangelización. ¡Dios no improvisa, planea!

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