26 Agosto

EL TRIUNFO DE ANTÍOCO III

(Dn. 11:15-16)

Luego del paréntesis en el v.14, cuyo propósito es explicar el comportamiento de los judíos en ese tiempo, la historia de las conquistas de Antíoco III continúa en el v.15: “Vendrá, pues, el rey del norte, y levantará baluartes, y tomará la ciudad fuerte”. En el año 200 a.C., Antíoco derrotó al ejército egipcio bajo el mando del general Scopas, en el norte de Palestina, en un lugar llamado Panio, cerca de la fuente del río Jordán. Scopas huyó con 10 000 soldados a Sidón que era una ciudad fortificada, pero tuvo que rendirse luego de ser sitiado por el ejército de Antíoco. Los mejores soldados egipcios (“tropas escogidas”, v.15b) fueron enviadas para rescatar a Scopas, pero no pudieron hacerlo, porque como dice Daniel: “no habrá fuerzas para resistir” (v.15b).

Habiendo derrotado al ejército de Egipto, Antíoco se apoderó de todo el territorio de Palestina. Los judíos se imaginaron que eso les brindaría cierta libertad política, pero se equivocaron porque lo que hicieron fue cambiar un déspota por otro. El poder de Antíoco III fue absoluto, tal que como leemos en Daniel: “hará su voluntad, y no habrá quien se le pueda enfrentar” (v.16). El rey de Siria no toleró ninguna oposición. Luego de conquistar a Palestina, Antíoco usó el territorio del pueblo de Dios como una zona de seguridad para proteger a su reino de los ataques de los egipcios. Durante ese tiempo, los judíos sufrieron mucho más que antes debido al conflicto que se dio entre los Ptolomeos y los Seléucidas en su territorio por tres décadas.

Al lograr la conquista de la Tierra Prometida, las palabras del v.16b se cumplieron: “y estará en la tierra gloriosa, la cual será consumida en su poder”. Es triste pensar que la tierra que fue dada al pueblo de Dios y sobre la cual gobernaron grandes reyes como David y Salomón, estaba ahora bajo el dominio de Antíoco III. Por un lado, como ya hemos notado, él favoreció a los judíos a tal punto que ofreció restaurar el templo de Jehová y repoblar la ciudad de Jerusalén. Sin embargo, bajo su dominio el proceso de la helenización continuó y la cultura griega se impuso sobre el pueblo de Dios. “La ciudad del gran Rey” (Sal. 48:2), donde Jehová era conocido como refugio, vino a ser contaminada con toda clase de edificios griegos: un gimnasio, un teatro, un hipódromo y un estadio. No había nada mal en sí de tener dichos edificios, sin embargo sirvieron para borrar las distinciones entre los judíos y los paganos: no tanto, distinciones arquitectónicas o lingüísticas, sino éticas, morales y religiosas. En esa manera “la tierra gloriosa” fue “consumida en su poder” (v.16b).

El impacto de la cultura griega sobre los judíos fue devastador, porque generó tensiones internas en el pueblo de Dios. La mayoría de la población se consideraba progresiva y se deleitó en absorber los diversos elementos de la cultura griega. Esa cultura era tan dominante que, como dice un autor, simplemente respirar el aire en el período helénico implicaba empaparse del pensamiento y la filosofía griega . Los que se impregnaron del helenismo comenzaron a avergonzarse de las leyes bíblicas y procuraron alejarse de las costumbres judías. Miraban con menosprecio a la minoría que luchaba por retener los valores establecidos en las Escrituras, y los tildaban de “anticuados” y “conservadores”. Sin embargo, como observa F. F. Bruce, llegó el día cuando los ‘hasidim’, los piadosos, demostraron ser la sal de la tierra y la salvación del pueblo de Dios.

REFLEXIÓN

Hay muchos paralelos entre el impacto de la helenización sobre los judíos en el segundo siglo antes de Cristo y el impacto de la cultura occidental sobre la Iglesia en el siglo XXI. Es gracias al impacto de esa cultura que hoy en día tenemos iglesias liberales, cultos “light”, pastores gays, jóvenes inmorales, cristianos materialistas, cantantes que entretienen, mucha actividad y poca meditación.

Esos síntomas indican que es muy importante evaluarnos honestamente y preguntarnos: “¿Aceptamos con brazos abiertos la cultura occidental o la rechazamos? ¿Queremos estar al día con todas las formas de pensar y actuar del mundo contemporáneo o será que nuestra meta principal es ser fiel a lo que Dios nos dice en Su Palabra? En el siglo II antes de Cristo el pueblo de Dios enfrentó el peligro de la apostasía espiritual mientras esperaba la venida del Mesías. Es igual en el siglo XXI, mientras esperamos la Segunda Venida.

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