24 Agosto

HOMBRES TURBULENTOS

(Dn. 11:13-14)

La derrota que sufrió Antíoco III no le hizo desistir de su deseo de conquistar a Egipto, pero primero tuvo que resolver unos asuntos internos en su propio territorio. Por trece años se encargó de consolidar su reino, extendiéndose hasta la frontera con la India. Eso le permitió otorgarse el título de “Antíoco el Grande”. En el año 204 a.C. Ptolomeo IV murió, dejando como heredero del trono a su hijo de tan solo cuatro años de edad cuyo nombre era Ptolomeo V Epífanes.

Con el fin de atacar otra vez a Egipto y conquistar el dominio de los Ptolomeos, Antíoco III forjó una alianza con Felipe el rey de Macedonia. Reunió un ejército mucho más grande que el anterior, como afirma el v.13, y se dispuso a atacar a Egipto. Lo que favoreció a Antíoco fue una serie de pugnas internas en Egipto por el control del país. Puesto que Ptolomeo V era un infante, varias personas ocuparon el lugar de Regente o asesor del rey, y las tensiones entre ellas llevaron el país al borde del caos. Daniel predice esas divisiones internas en el v.14 con las palabras, “se levantarán muchos contra el rey del sur”.

Algunos judíos en Palestina también se sublevaron contra Ptolomeo V, pensando ayudar a Antíoco para que se cumpliera la profecía de Isaías 19. Según Daniel, eran “hombres turbulentos ” que se levantaron “para cumplir la visión” (v.14). No está claro a que visión se refiere. Algunos indican que sería el mensaje profético de Daniel mismo, pero eso es poco probable. Mucho más probable es que la visión es lo que Isaías describe en capítulo 19, donde leemos del juicio de Dios contra Egipto: “Y entregaré a Egipto en manos de señor duro, y rey violento se enseñoreará de ellos, dice el Señor, Jehová de los ejércitos” (Is. 19:4). Como resultado del juicio de Dios, el profeta Isaías predijo:

“…habrá altar para Jehová en medio de la tierra de Egipto, y monumento a Jehová junto a su frontera. Y será por señal y por testimonio a Jehová de los ejércitos en la tierra de Egipto; porque clamarán a Jehová a causa de sus opresores, y Él les enviará salvador y príncipe que los libre. Y Jehová será conocido en Egipto, y los de Egipto conocerán a Jehová en aquel día, y harán sacrificio y oblación; y harán votos a Jehová y los cumplirán. Y herirá Jehová a Egipto; herirá y sanará, y se convertirán a Jehová, y les será clemente y los sanará.”
Isaías 19:19-22

El deseo de obedecer la Palabra de Dios es encomiable, pero aquí se trata de lo que “hombres turbulentos” hicieron, así que habría que evaluar bien su intención y su accionar. Sublevarse contra las autoridades con el fin de apoyar las pretensiones de un enemigo invasor no es algo que Dios aprueba. Los Ptolomeos habían controlado Palestina por casi cien años y los judíos tenían el deber de someterse a ellos, tal como Daniel lo hizo cuando los babilonios conquistaron Jerusalén por la voluntad de Dios (Dn. 1:1-2). Es más, bajo los Ptolomeos, el pueblo de Dios disfrutó mucha libertad y privilegios, así que no había razón alguna para apoyar a los Seléucidas. En realidad, como veremos a continuación, los judíos pagaron un precio alto por el apoyo que le dieron a Antíoco III, porque ello abrió el camino para el dominio de Antíoco Epífanes unos treinta años después, con todos los estragos que eso causó al pueblo de Dios.

REFLEXIÓN

Hay que hacer una clara distinción entre lo que es obedecer a Dios y la actitud de querer ayudarle a Dios a cumplir Sus propósitos. Abraham hizo bien en dejar su tierra en obediencia a la Palabra de Dios (Gn. 12), pero no hizo bien en aceptar la sugerencia de Sarai de tomar a Agar y tener un hijo por medio de ella (Gn. 16). Dios no necesitaba la ayuda de Abraham para el cumplimiento de Su Palabra, y menos por medio de una relación ilícita con Agar.

A la luz de estos ejemplos, preguntémonos: ¿Estamos haciendo algo indebido, bajo el pretexto de querer ayudarle a Dios a cumplir Sus propósitos? Tengamos cuidado del orgullo implícito en la actitud de que Dios necesita nuestra ayuda para cumplir Su palabra. También evitemos el peligro de adoptar dicha actitud como una justificación para hacer algo que nosotros mismos deseamos. La motivación principal de los “hombres turbulentos” no era promover los propósitos de Dios sino independizarse de los Ptolomeos para su provecho personal.

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