23 Agosto

“EN ESTE MUNDO TENDRÁN AFLICCIÓN”

(Dn. 11:10-12)

Los hijos de Seléuco II procuraron completar la tarea que su padre se propuso llevar a cabo, la de reclamar los territorios perdidos por la invasión de Ptolomeo III y restaurar el honor de su reino (v.10a). Luego de la muerte de su padre, el hijo mayor, Alejandro, heredó el trono y comenzó el proceso de fortalecer el reino de Siria con el fin de atacar a Egipto. Adoptó el título de Seléuco III y fue conocido primero como “Soter” (“Salvador”) y después como “Cerauno” (“Rayo”). Lamentablemente, no hizo honor a ninguno de los dos nombres porque luego de sólo dos años sobre el trono fue traicionado por uno de sus oficiales y asesinado por su propio ejército. El destino del reino del norte estaba ahora en las manos de su hermano, Antíoco, quien asumió el trono de Siria en el año 223 a.C. cuando tenía apenas dieciocho años.

A pesar de su juventud, Antíoco III fue más sabio que su hermano y logró consolidar el reino del norte. Eso le permitió reunir un gran ejército de casi 70 000 soldados para comenzar el proceso de reclamar los territorios conquistados por los egipcios. Antíoco III aprovechó la muerte de Ptolomeo III en el año 222 a.C. para extender sus territorios. Ante la muerte de Ptolomeo III, su hijo Ptolomeo IV comenzó a reinar, pero él era una persona débil, propensa a satisfacer sus deseos carnales más que liderar el pueblo de Egipto. Antíoco III aprovechó esto para implementar su plan de atacar a Egipto, tal como dice el texto de Daniel: “vendrá apresuradamente e inundará, y pasará adelante” (v.10b). En poco tiempo, Antíoco III logró recuperar la fortaleza de Seleucia y procedió a retomar todas las partes de Siria que Ptolomeo III había conquistado. Uno de sus anhelos era retomar el territorio de Palestina, que los egipcios habían controlado por años. Para lograr eso, avanzó hacia Egipto, tal como lo predijo Daniel: “luego volverá y llevará la guerra hasta su fortaleza” (v.10c).

REFLEXIÓN

El pueblo de Dios sufrió los embates de las guerras entre los sirios y los egipcios por muchos años. Para esas naciones, Palestina no era más que un territorio que ambas querían conquistar para proteger sus propias fronteras. No tenían ningún interés en el pueblo de Dios y no les preocupaba en lo más mínimo el sufrimiento que causaban a los judíos.

Es igual en nuestro tiempo. Los grandes líderes mundiales no tienen interés en la Iglesia; solo usan a los evangélicos para sus fines políticos o financieros. Es muy importante entender eso y no caer en la trampa de creer que somos personas importantes para el mundo. Si el mundo odió a Cristo, odiará también a Sus seguidores.

Las conquistas de Antíoco III por fin causaron una reacción en Ptolomeo IV. La Palabra de Dios dice, “Por lo cual se enfurecerá el rey del sur, y saldrá y peleará contra el rey del norte; y pondrá en campaña multitud grande” (v.11a). En el año 217 a.C., Ptolomeo reunió un ejército grande y se puso al frente de sus soldados, juntamente con su esposa Arsínoe. Contra todo pronóstico, Ptolomeo IV derrotó a Antíoco en Rafia, un pueblo que quedaba al sur de lo que ahora es la franja de Gaza. 10 000 soldados de siria murieron y otros 4 000 fueron tomados prisioneros. Como predijo Dios, “aquella multitud será entregada en su mano” (v.11b). Esta victoria alentó a Ptolomeo, quien se llenó de orgullo. Sin embargo, no se mostró decidido a avanzar contra Antíoco, y en lugar de ello optó por hacer la paz con el rey del norte. El v.12 describe exactamente lo que pasó, expresándolo en términos proféticos: “Y al llevarse él la multitud, se elevará su corazón, y derribará a muchos millares; mas no prevalecerá”.

La victoria que logró sobre Antíoco III le permitió a Ptolomeo IV imponer su autoridad sobre Palestina. Lamentablemente, su orgullo lo traicionó, porque según una tradición judía relatada en el libro pseudoepigráfico de III Macabeos, al llegar a Jerusalén Ptolomeo IV trató de insistir en el derecho de entrar al Lugar Santísimo. No lo logró hacer porque se desmayó en el intento, a la entrada del lugar sagrado. . Las tensiones que se suscitaron entre él y los judíos en Jerusalén resultaron en un tiempo de persecución contra los judíos que vivían en Alejandría, cuando Ptolomeo insistió que ellos rindieran culto a sus dioses bajo la amenaza de muerte. 40 000 prefirieron sufrir a manos de un tirano antes que negar a su Dios y ese tiempo de persecución fue un anticipo del sufrimiento que el pueblo de Dios experimentaría en los siguientes años.

REFLEXIÓN

En el libro de Eclesiastés, Salomón afirma que no hay nada nuevo bajo el sol (Ec. 1:9), y tenía razón. Las cosas que vemos hoy en día son las mismas que pasaron ayer y volverán a suceder mañana. El orgullo de la victoria, los ataques contra el pueblo de Dios y el sufrimiento de Sus hijos no son nada nuevo; seguirán ocurriendo hasta el fin de los tiempos. Lo que tenemos que hacer es confiar en Dios y hacer el bien, sin preocuparnos indebidamente por lo que vemos alrededor nuestro. Tenemos que estar firmes y confiar en Dios en medio de los conflictos de este mundo. ¿Lo estamos haciendo?

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