19 Agosto

EL REY DEL SUR Y EL REY DEL NORTE

(Dn. 11:5)

Ptolomeo, el “rey del sur” (v.5a), nació en Macedonia once años antes de Alejandro Magno. Sirvió fielmente en su ejército y fue condecorado en numerosas oportunidades hasta lograr el puesto de almirante de la flota griega. Luego de la muerte de Alejandro Magno en 323 a.C., Ptolomeo fue nombrado sátrapa de Egipto y Libia por Pérdicas, el primer ministro de Alejandro Magno. Lejos de ser un acto de generosidad, Pérdicas lo estaba enviando a una de las provincias del imperio con el fin de aislarlo del poder y así preparar el camino para que él mismo asumiera el control de todo el imperio de Alejandro Magno. En las tensiones que se suscitaron entre los varios generales de Alejandro, Ptolomeo decidió consolidar su poder en Egipto y no luchar por el control de todo el Imperio Griego. Con esa meta por delante, Ptolomeo conquistó la isla de Chipre y extendió su influencia sobre el territorio de Judea. Tal como dice el v.5a, el rey del sur creció en poder y se hizo fuerte.

Cuando Pérdicas asumió la función de regente interino, el general Seléuco lo apoyó y fue nombrado jefe de la caballería de los Compañeros, la élite del ejército de Macedonia. Sin embargo, en el año 321 a.C. Pérdicas fue derrotado en una batalla contra Ptolomeo, y Seléuco conspiró contra él y lo asesinó. El nuevo regente, el general Antipater, nombró a Seléuco sátrapa de Babilonia pero cuando el general Antígono se impuso sobre el territorio de Babilonia en 316 a.C., Seléuco tuvo que huir y se unió a Ptolomeo, quien lo nombró almirante de su flota en el Mar Mediterráneo. Tal como leemos en el texto de Daniel, Seléuco llegó a ser uno de los “príncipes” del rey del sur (v.5b).

Seléuco sirvió a Ptolomeo por varios años hasta que en el año 313 a.C., Ptolomeo y Seléuco, apoyado por Lisímaco, el general que asumió el control de Tracia, derrotaron a Antígono en Gaza. Eso abrió las puertas para que el año siguiente Seléuco volviera a Babilonia con el apoyo de Ptolomeo para asumir su función como sátrapa de la parte central del imperio. Poco a poco Seléuco extendió sus dominios hacia el este hasta que al final, en el año 303 a.C., logró dominar todo el antiguo territorio de los medos y persas que se extendía hacia la India. Con acierto, el texto bíblico afirma que Seléuco “será más fuerte que él”; es decir, más fuerte que Ptolomeo, añadiendo: “y se hará poderoso; su dominio será grande” (v.5c.).

No contento con haber dominado la parte oriental del Imperio Griego, Seléuco puso su mirada en Anatolia y Grecia, el sector occidental del imperio que estaba bajo el control de Lisímaco y Antígono. Sus victorias iniciales le permitieron tomar el control de toda Asia, y sobre la base de ese dominio ambicionó conquistar la parte europea del antiguo Imperio de Grecia. Sin embargo, Seléuco pagó un precio muy alto por sus ambiciones territoriales, porque en el año 281 a.C. fue asesinado por uno de los hijos de Ptolomeo, quien deseaba controlar Grecia y Anatolia.

REFLEXIÓN

La historia de Ptolomeo y Seléuco ilustran la diferencia entre el contentamiento y la avaricia, la cautela y el arrojo. Ptolomeo a una temprana edad tomó la decisión de contentarse con lo que el “destino” le brindó, mientras que Seléuco lucho incansablemente por tener cada vez más. El primero disfrutó una vida relativamente tranquila mientras que el segundo tuvo una muerte violenta. La Biblia nos enseña el valor del contentamiento y el peligro de la avaricia. Reflexionemos sobre nuestra actitud hacia la vida y hacia lo que Dios nos da. ¿Nos parecemos más a Ptolomeo o a Seléuco? Meditemos sobre lo que Santiago dice acerca del peligro de la avaricia en el contexto de la iglesia local: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis…” (Stg. 4:1-2). Dios nos ayude a contentarnos con lo que Él nos da y evitemos la avaricia que es una manifestación de la idolatría espiritual.

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