12 Julio

Escucha Señor Mi Oración

(Dn. 9:17-18)

El primer pedido de Daniel fue “apártese ahora Tu ira y Tu furor” (v.16). El segundo es, “oye la oración de Tu siervo” (v.17a). El orden es importante. Cuando Dios está airado por nuestros pecados Él no escuchará ni contestará nuestras oraciones. Primero la ira de Dios tiene que ser aplacada, luego Él escuchará nuestro clamor. Por eso el primer clamor del pecador debe ser por el perdón de los pecados, como Daniel lo hizo. Cuando Dios perdona el pecado, eso aplaca Su ira y se abre el camino para la comunión con Él.

Con humildad y sencillez Daniel le pide a Dios, “oye la oración de Tu siervo y sus ruegos”. Repite el pedido al comienzo del v.18, “Inclina, oh Dios mío, Tu oído, y oye”, y lo hace otra vez al inicio del v.19. Daniel es insistente porque la situación lo amerita. El pueblo de Dios estaba en una gran necesidad espiritual y Daniel siente la urgencia de clamar a Dios de todo corazón. Él no asumió que Dios iba a escuchar su oración. No lo tomó como un derecho que él tenía. “Por favor, escúchame Señor”, le dijo a Dios. Es como si dijera: “¿Qué haré si no me atiendes? ¿A quién más puedo ir?”

La oración de Daniel hace eco de la oración de David en el Salmo 5.

“Escucha, oh Jehová, mis palabras;
Considera mi gemir.
Está atento a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío.
Porque a Ti oraré.
Oh Jehová, de mañana oirás mi voz,
De mañana me presentaré ante Ti y esperaré.”

Salmo 5:1-3

REFLEXIÓN

¿Sabemos orar de esta manera? Pidamos a Dios la gracia para aprender a orar como lo hicieron estos grandes siervos de Dios de antaño. El Espíritu Santo nos ayudará a hacerlo, porque la Iglesia lo necesita.

La tercera petición de Daniel es: “haz que Tu rostro resplandezca sobre Tu santuario asolado” (v.17b). Siglos atrás Dios escogió la ciudad de Jerusalén para ser Su morada y obró por medio de David y Salomón para establecer Su santuario en la tierra (Éx. 15:17). Sus ojos se deleitaron en el santuario y Sus oídos fueron atentos a las oraciones de Su pueblo. Sin embargo, por el pecado de Israel Dios dio las espaldas a Su santuario y como consecuencia de ello, el templo fue destruido y asolado.

Por medio del profeta Jeremías, Dios expresa Sus sentir al respecto:

“He dejado Mi casa, desamparé Mi heredad, He entregado lo que amaba Mi alma en mano de sus enemigos…Muchos pastores han destruido Mi viña, hollaron Mi heredad, convirtieron en desierto y soledad Mi heredad preciosa. Fue puesta en asolamiento, y lloró sobre Mi desolada; fue asolada toda la tierra, porque no hubo hombre que reflexionase.”

Jeremías 12:7-11

Luego de casi setenta años en el exilio, Daniel sintió que los judíos todavía no habían reflexionado profundamente sobre lo que pasó. Por eso decidió hacerlo él mismo (vv. 4-16). Ese tiempo de reflexión espiritual le motivó a clamar a Dios pidiendo, “haz que Tu rostro resplandezca sobre Tu santuario asolado” (v.17b). Lo que Daniel estaba pidiendo era que Dios pusiera a un lado Su ira (v.16) y comenzara a sonreír una vez más sobre Su santuario, porque cuando el rostro de Dios resplandece es una garantía de Su bendición.

La oración de Daniel nos enseña que es bueno razonar con Dios. Es decir, presentarle razones por qué Él debe contestar nuestras peticiones. En estos dos versículos Daniel hace eso. Al fin del v.17 el profeta le pide a Dios: “haz que Tu rostro resplandezca sobre Tu santuario asolado, por amor del Señor”. Lo que está diciendo es: “Señor, debe ser triste para Ti ver Tu santuario destruido. Está en esa condición por nuestros pecados. Pero perdónanos Señor y vuelve a bendecir Tu santuario. No lo hagas por nosotros sino por Tu gloria y honra.”

Daniel hace algo parecido al fin del v.18, cuando le pide a Dios: “abre Tus ojos, y mira nuestra desolaciones, y la ciudad sobre la cual es invocado Tu nombre”. Su razonamiento es el siguiente: “Mira Señor en qué condición está Jerusalén. Ella es la ciudad que lleva Tu nombre y todos los que viven allí Te buscan. Por tanto, no dejes a Tu ciudad abandonada porque eso atenta contra Tu propia gloria y dignidad.”

REFLEXIÓN

Cuando estamos pidiendo algo al Señor es bueno aprender a meditar sobre por qué Dios debe contestar nuestras peticiones. Que el Señor nos enseñe a no solo presentarle una lista de pedidos, sino acompañar esos pedidos con argumentos que sustenten los pedidos que hacemos. Aprendamos a pedir con entendimiento, sobre todo buscando la gloria de Dios.

Daniel concluye su pedido reconociendo su indignidad, juntamente con la de todo el pueblo de Dios: “no elevamos nuestros ruegos ante Ti confiados en nuestras justicias, sino en Tus muchas misericordias”. Esta es la actitud que siempre debemos tener cuando nos acercarnos al Señor. Como dijo Isaías, “todas nuestras justicias [son] como trapo de inmundicia” delante de Dios (Is. 64:4). No podemos confiar en ellas porque están contaminadas con toda clase de actitudes y motivaciones pecaminosas. La única confianza que podemos tener delante de Dios es en Su misericordia. Daniel resalta eso mencionando: “Tus muchas misericordias”. En el texto original, la palabra “muchas” significa “grandes”. Lo que el profeta tiene en mente no es tanto el número de las misericordias de Dios sino la grandeza de ellas.

REFLEXIÓN

Meditemos en algunos pasajes que hablan de la misericordia de Dios (Sal. 89:1-4; 103:1-8, 15-18; 107:1-3; 118:1-4; 136:1-26). Tomemos unos momentos ahora para darle gracias por todo lo que Él ha hecho por nosotros.

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