13 Octubre

“Una Nueva Perspectiva de los Diezmos”

(Deut 26:12-15)

En esta segunda parte del capítulo, Moisés presenta el desafío de dar los diezmos (v.12) y añade una segunda “declaración” (vv.13-15). Esta vez es una declaración de haber guardado los mandamientos de Dios (vv.13-14). Concluye con una petición, solicitando la bendición de Dios sobre el pueblo de Israel (v.15).

Moisés ya trató el tema de los diezmos en Deut 14:22-27. Cada año, los hijos de Israel llevaban los diezmos de las cosechas al santuario central. Allí usaban parte de los diezmos para celebrar en la presencia de Dios, comiendo como familia (Deut 14:23, 26b). El resto de los diezmos fue entregado a los levitas (Deut 14:27).

Sin embargo, cada tres años el diezmo se usaba en otra manera (ver Deut 14:28-29). No se llevaba al santuario central sino que se guardaba en las ciudades, donde estaba a la disposición de los levitas y otros grupos de personas necesitadas. Eso es lo que Moisés enseña en estos versículos.

Hay dos cosas que debemos notar en el v.12. En primer lugar, este diezmo era para el “levita”, el “extranjero”, el “huérfano” y la “viuda”. Estas eran las personas por quienes Dios asumía cierta responsabilidad. En el caso de los levitas, lo hacía por haberles llamado al ministerio; en el caso de los demás, era por ser personas débiles e indefensas. Esto nos enseña que Jehová es un Dios que vela por los necesitados y cumple Su responsabilidad para con ellos. Lo hace por medio de Su pueblo.

REFLEXIÓN

¿Estamos cumpliendo el papel de ser las ‘manos’ de Dios por medio de quienes Dios atiende a las personas necesitadas como desea hacerlo? Entendamos la responsabilidad de ser el pueblo de Dios. Somos Sus instrumentos en este mundo. No hagamos que el mundo piense mal de Dios por culpa nuestra cuando no le servimos adecuadamente.

El segundo detalle que debemos notar en el v.12 es la generosidad de Dios. Por medio de los diezmos Dios quería que las personas necesitadas no sólo coman, sino que coman en abundancia (“se saciarán”, v.12b). Vemos esa característica en la vida del Señor Jesús cuando alimentó a los 5,000. La gente comió hasta saciarse (Juan 6:12). El Señor era un fiel reflejo de Su Padre Celestial. Con razón pudo decir, “El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).

Aunque era importante dar los diezmos, había que hacer algo más. Al mismo tiempo que presentaban los diezmos los hijos de Israel tenían que decir: “He sacado lo consagrado de mi casa… conforme a todo lo que me has mandado” (v.13a). En otras palabras, usaban el momento de dar los diezmos para declarar su compromiso de obedecer a Dios. Recalcaban esa afirmación diciendo: “no he transgredido Tus mandamientos, ni me he olvidado de ellos” (v.13b).

REFLEXIÓN

El Antiguo Pacto tenía dos elementos. De parte de Dios, había el compromiso de tomar a Israel como Su pueblo y brindarles la salvación. De parte de Israel, había el compromiso de obedecer a Dios y serle fiel. En el Nuevo Pacto, la obediencia también es importante. Cristo asume la responsabilidad de salvar a Su pueblo; y la Iglesia responde con obediencia, que es la marca de amor al Señor Jesús (Juan 14:15, 21, 23; 15:10, 14; etc.). ¿Entendemos el Nuevo Pacto de esa manera? ¿Estamos cumpliendo nuestra responsabilidad como integrantes de la Iglesia? Meditemos sobre las palabras al fin del v.14, “he obedecido a la voz de Jehová mi Dios, he hecho conforme a todo lo que me has dicho”. ¿Podemos decir eso nosotros?

Lo que aprendemos de esta declaración de Israel es que no tiene sentido dar a Dios nuestros diezmos si estamos viviendo en desobediencia a los mandatos de Dios. La solución a nuestra desobediencia NO es dejar de diezmar; eso simplemente complica nuestra situación delante de Dios. Más bien, lo que debemos hacer es aprovechar el momento de dar los diezmos para reflexionar sobre nuestra vida espiritual. ¿Estoy obedeciendo a Dios en todo?

El v.14 detalla ciertos elementos de la obediencia a Dios con respecto a los diezmos. Los hijos de Israel tenían que declarar: “No he comido de ello en mi luto, ni he gastado de ello estando yo inmundo, ni de ello he ofrecido a los muertos” (v.14a). Hacer una de esas tres cosas generaba una condición de “impureza” ceremonial delante de Dios que anulaba el valor de los diezmos. Las naciones vecinas practicaban el culto a los muertos, que incluía participar de ciertas comidas en la presencia del difunto. Dios exigió que Su pueblo marque una diferencia. Los diezmos no eran para los muertos sino para los que tenían vida.

Habiendo declarado su obediencia a la Palabra de Dios (vv.13-14), los hijos de Israel estaban en condiciones de pedir la bendición de Dios sobre sus vidas (v.15). Notemos que no es una petición personal. No estaban diciendo, “Bendíceme a mí”. Más bien, era una petición colectiva: “bendice a Tu pueblo Israel”. Cada integrante de la nación entendía que su responsabilidad era guardar el pacto para que Dios bendiga a toda la nación. De esta manera Dios inculcó en Su pueblo el sentir de responsabilidad colectiva.

REFLEXIÓN

Sería bueno que aprendamos a obedecer a Dios no sólo para nuestra bendición personal sino para que Dios bendiga a toda la Iglesia. ¿Nos preocupa la bendición de Dios sobre los demás creyentes? ¿Estamos trabajando a favor de ello?

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