12 Octubre

“Una Verdadera Adoración”

(Deut 26:5-11)

En estos versículos, Moisés amplía “la declaración de fe” que tenía que acompañar la ofrenda de las primicias (ver v.3). La declaración se centra en el accionar de Dios a favor de Su pueblo. Primero, los hijos de Israel tenían que recordar su origen: “Un arameo a punto de perecer fue mi padre” (v.5a). La referencia es a Jacob, el “padre” de la nación de Israel. Se le llama “arameo” en alusión al hecho que pasó muchos años en la región de Siria (“Aram”), donde nacieron sus hijos (ver Gén 28:5; 33:18). La confesión que Jacob estaba “a punto de perecer” tiene que ver con la hambruna que azotó la tierra de Canaán (ver Gén 42:1-2).

Esta afirmación pone en claro la condición precaria de Jacob, de la cual Dios le salvó. Equivale, espiritualmente, a nuestra condición de pecadores. Nosotros tenemos que declarar: “Un pecador a punto de morir era yo”. ¡Qué bueno sería ir cada domingo al culto con esta declaración en nuestras mentes! Así estaríamos en mejores condiciones de adorar a Dios, y ofrecerle nuestro “sacrificio de alabanza”; el “fruto de labios que confiesan Su nombre” (Heb 13:15).

NOTA

En el Nuevo Testamento, y a lo largo de la historia de la Iglesia, los creyentes han redactado una serie de declaraciones de fe (“credos”) que exponen lo que Dios ha hecho en Cristo (ver 1 Tim 3:16). En el Antiguo Testamento, las declaraciones de fe expresan lo que Dios hizo a favor de Su pueblo Israel.

Durante la hambruna, y gracias a la presencia de José, Jacob “descendió a Egipto y habitó allí con pocos hombres” (v.5b). Eran setenta en total, como leemos en Gén 46:27 y Éx 1:5. Sin embargo, gracias a la bendición de Dios, la familia de Jacob “creció y llegó a ser una nación grande, fuerte y numerosa” (v.5c). En 400 años llegaron a ser más un millón de personas.

REFLEXIÓN

Cuando Dios nos salvó, estábamos en una condición espiritual muy pobre; estábamos “muertos en nuestros delitos y pecados” (Efe 2:1). Leamos Efe 2:4-10, y reflexionemos sobre todo lo que Dios ha hecho por nosotros desde que nos salvó (ver Efe 1:3-14). Tomemos un momento para darle gracias por Su bondad en nuestra vidas.

El favor de Dios hacia Israel provocó la envidia de los egipcios. Los hijos de Israel tenían que confesar: “nos maltrataron y nos afligieron, y pusieron sobre nosotros dura servidumbre” (v.6). ¡Cada generación de Israel tenía la responsabilidad de recordar los años de esclavitud en Egipto! Lo declaraban, al presentar las primicias, para recordar el “antes” y el “después” del éxodo. Las primicias reflejaban la bendición de estar viviendo en la Tierra Prometida; una tierra que fluía leche y miel. De ese modo, los hijos de Israel ofrecerían las primicias con gozo y alegría, trayendo a la memoria su historia y el sufrimiento del que Dios les había salvado.

En medio del dolor de la esclavitud en Egipto, el pueblo de Dios clamó a Jehová (v.7a) y Dios les escuchó (v.7b). Él miró su sufrimiento: la “aflicción”, el “trabajo” y la “opresión” (v.7c). Dios no sólo les escuchó sino que, como dicen los vv. 8-9, “nos sacó de Egipto… y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra…”. Esa fue la confesión de fe de cada israelita. Dicha confesión resalta el poder que Dios ejerció para salvar a Su pueblo. Un poder que se manifestó, sacándoles de Egipto, llevándolos por el desierto cuarenta años, y al final dándoles la Tierra Prometida.

Con justa razón, los hijos de Israel terminaban la “declaración de fe” diciendo: “Y ahora, he aquí he traído las primicias del fruto de la tierra que me diste, oh Jehová” (v.10a). ¡Con qué amor, devoción y agradecimiento dejarían las primicias delante de Dios! Verdaderamente estarían ofreciendo un culto agradable ante los ojos de Dios.

REFLEXIÓN

A la luz de este pasaje, evaluemos la manera en que nosotros vamos a la iglesia los domingos para adorar a Dios. ¿Será que muchas veces vamos para ofrecer “el sacrificio de los necios” (Ecle 5:1)? Vamos con muchas palabras y cantos, pero con poco entendimiento de todo lo que Dios ha hecho por nosotros. Vamos corriendo a la iglesia, pero con poca reflexión y agradecimiento a Dios. Moisés enseñó al pueblo de Israel la manera que debían acercarse a Dios en adoración. Aprendamos de su enseñanza.

El pasaje termina con una exhortación: “Y te alegrarás en todo el bien que Jehová tu Dios te haya dado a ti y a tu casa” (v.11a). Dios no quiere que ofrezcamos un culto triste, sino alegre y gozoso. La manera de hacerlo no es promoviendo una alegría carnal basada sobre el estímulo artificial de las emociones. Él quiere que experimentemos la alegría y el gozo que vienen por reflexionar sobre todas las bendiciones que Él nos ha dado a lo largo de nuestras vidas. ¡Nos debemos alegrar en la salvación de Dios! Esa es una verdadera adoración.

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Un comentario para 12 Octubre

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